viernes, 29 de julio de 2011

LUDOVICO SILVA. MÁS DIFÍCIL QUE HACER UN BUEN SONETO



 

MÁS DIFÍCIL QUE HACER UN BUEN SONETO

  


Alexis Pérez-Luna (1949). Fotógrafo venezolano. Serie / Paisajes venezolanos.




En varias cartas de las que llegaron el año pasado a esta columna literaria, y en una que recibí recientemente del Delta Amacuro, lectores preocupados insisten sobre problemas relativos al ritmo de los versos. Unos acostumbrados a los ritmos tradicionales de la poesía castellana, se preguntan si cosas leídas por ellos últimamente  son o no son versos;  otros, más avanzados en sus criterios, manifiestan no saber bien qué cosa sea el ritmo de los versos no sujetos, a pautas métricas. El lector del Delta Amacuro, mejor orientado que algunos profesores universitarios, aclara que sus preocupaciones no son las diferencias entre prosa y poesía; que esas “diferencias” le han parecido siempre un poco ridículas e innecesarias y que, por lo demás, ponerse a fabricar diferencias entre una y otra es labor tan inútil como ponerse a hacer diferencias entre hombre y mujer. Que de eso se ocupe la naturaleza, lo más que se puede decir lo dijo Valéry; “Poesía es lo que no se puede ser dicho en prosa”, que es como decir: “masculino es todo aquello que no es femenino”. Con estar tan radicalmente diferenciadas –dice mi sensato lector—la poesía y la prosa carecen de un límite preciso, por lo que es mejor “oler” la poesía donde la haya y “oler” la prosa allí donde esté, teniendo en cuenta que la más alta poesía puede usarse a veces en zonas donde también huele a prosa.

     Yo sé que esta teoría olfativa sería mal vista por los súbditos rigurosos del monarca llamado Ciencia de la Literatura; a estos señores suele tenerles sin cuidado todo aquello que dictan los sentidos humanos, el olfato por ejemplo; los sentidos humanos, dicen, son menos rigurosos y precisos que las leyes de la literatura, y según estas leyes hay límites perfectamente diferenciadores entre la poesía y la prosa. Yo, en cambio, como vivo mi sensibilidad, acojo de buen grado las ideas olfativas de mi lector del Delta Amacuro, a sabiendas de que son ideas poco ortodoxas. Las acojo porque la experiencia me ha enseñado cuán vanos son todos los intentos –que llenan volúmenes enteros –de separar con un escalpelo la poesía de la prosa; y he aprendido que, para calibrar fenómenos surgidos de la pura sensibilidad humana, como la poesía, el mejor instrumento son los sentidos humanos. Tocar las palabras (tener fe en que éstas se pueden tocar) y reconocer su aspereza o suavidad; oírlas y sentir su intensidad musical; verlas y comprobar el brillo de su atuendo; gustar en ellas lo que hay de humano en el Logos; y olerlas, reconocerlas en las tinieblas. Tales son los instrumentos para conocer la palabra poética. Créame el lector: sin esos instrumentos no hay ciencia de la literatura que valga; más allá de esos instrumentos no hay ley alguna. Es más: ellos no se preguntan por leyes, ellos guardan en su profundidad vital sus propias leyes. Lo que recuerda las palabras de Rilke a un joven poeta: “En las profundidades todo se vuelve ley”.

     Volvamos ahora al asunto del ritmo y a las interrogaciones de mis lectores. Saber cuándo un ritmo es de prosa y cuándo es de poesía es algo que sólo puede lograrse empleando a fondo los sentidos. No hay ley alguna, como no sean las leyes de los sentidos, para establecer diferencias precisas entre el ritmo prosaico y el ritmo poético. Vano será todo intento “científico” de formular unas leyes que viven con nuestra carne y que, por lo demás no se necesita formulación alguna porque ello carecería de la menor utilidad. Tratándose, por ejemplo, de la poesía sujeta a pautas métricas, no bastaría jamás decir que es poética la expresión ritmada de acuerdo a un número de sílabas y acentos, porque dentro de la más sonora armadura puede esconderse la más prosaica expresión. El problema siempre será otro, siempre será una cuestión de “oler” el valor poético donde quiera que esté. Y en cuanto a los versos libres, como su ritmo no viene dado por el número estricto (aunque el número sigue siempre vigente, pese a su irregularidad o “anisosilabismo), se acerca más al ritmo de la prosa que viene dado por el desarrollo sintáctico-racional. O sea: los versos libres son unidades sintácticas o períodos de unidades. ¿Cómo entonces diferenciarlos de la prosa? Aquí es donde entran a funcionar los sentidos, aunque formalmente el ritmo interior de la poesía se apoya en el ritmo de la prosa, su sintaxis dice otra cosa, tiene un olor diferente, está compuesto no de conceptos lineales sino de intuiciones. Lo poético es entonces un resultado de la intensidad de las intuiciones. Por eso es en el fondo más difícil hacer un buen poema libre que un buen soneto. El esquema del soneto nos viene del exterior, ya dado y fabricado, sin que pongamos nada en inventario. El ritmo del poema libre –el desarrollo de sus unidades sintácticas—nos pertenece por entero, y lo inventamos en el momento mismo de escribir el poema. Representa, eso sí, un riesgo mucho mayor.

     He aquí, amigos lectores, cómo puede dársele vuelta a la tortilla tradicional, que consiste en afirmar que es mucho más difícil escribir un buen soneto, cuando en realidad, para hacerlo, no se necesita ni siquiera ser poeta.




De: Teoría Poética




Ludovico Silva

(Caracas, 1937-1988). Poeta venezolano.

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