martes, 14 de junio de 2011

HANNI OSSOTT



LA NOCHE EN QUE MURIÓ BORGES

 

A Laura Sardi Pérez-Matos

Durante la larga noche en que murió Borges yo estaba en mi estudio. Revisaba qué libro de poemas podría leer en ese momento. Recorrí toda mi biblioteca y me detuve ante sus Obras completas editadas por Emecé Editores. Las coloqué sobre mi mesa de trabajo y me dirigí a la ventana para ver la Noche. En ese instante sentí que una gran bola de fuego cruzaba el Universo, de manera elíptica, para encontrarse con otra gran bola de fuego, en una suerte de beso de amor.

Me dije: ése es Borges, ha muerto y va a encontrarse con Heráclito. Uní mis manos en actitud de rezo y recité:
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche,
Nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado…


Borges había muerto. Nada del mundo exterior me lo había confirmado. (Al día siguiente salió en la Prensa) Sentí el viaje de la bola de fuego en mi corazón. Luego la fusión de Heráclito y Borges. Algo se había cumplido. Emocionada abrí el libro al azar. Me salió el poema «El Tango». De inmediato me puse a leerlo, en alta voz, con fervor:

En los acordes hay antiguas cosas:
El otro patio y la entrevista parra.
(Detrás de las paredes recelosas
El Sur guarda un puñal y una guitarra).

Recé «El Tango», con voz ronca y con ritmo. Mi marido se despertó. Me dijo: ¿Qué haces Hanni? Leo a Borges—le contesté. No le dije que Borges había muerto, ni que yo rezaba. Recibí su regaño con pasividad.

No puedo explicarme este hecho sino por la palabra consustanciación… ¡He amado tanto a Borges! Recuerdo que una vez casada, con mi primer marido, él me manifestaba sus celos de Borges. Y es que leía en la cama una y cien veces «Las Ruinas Circulares». Un cuento grande. A través de ese cuento me inauguré en el ensayo junto al gandul de Douglas Palma. Recuerdo que José Balza era nuestro profesor, nuestro profesor de Borges. No otro. Él nos introdujo con rigor en esa pasión. Nos hacía observar la tensión de su escritura, las estructuras de los demás cuentos, sus viajes circulares.

José elegía después los mejores trabajos de sus discípulos y generosamente los llevaba al Papel Literario de El Nacional. A raíz de ello nos creíamos estrellas. Habíamos comprendido a un autor difícil. Eso otorgaba un poco de felicidad y tranquilidad. José era el maestro, Borges era un dios.

Mis pretensiones con Borges son exageradas y teatrales. En El oro de los tigres (p.1102) aparece un poema que se llama «H.O» y pienso que está dedicado a mí. Dice así:

En cierta calle hay una cierta firme puerta
Con su timbre y su número preciso
Y un sabor a perdido paraíso,
Que en los atardeceres no está abierta
A mi paso. Cumplida la jornada,
Una esperada voz me esperaría
En la disgregación de cada día
Y en la paz de la noche enamorada.

***


Viendo todo esto a cierta distancia, pienso ahora que lo más importante es cuidar a un poeta, mimarlo, secretamente. Rezar por él al paso de las Noches. Para que se nos aparezca, no sólo como un fantasma, sino con el aliento y la fuerte voz que da el coraje. Y con esto poder decir después que una ha dormido en paz con él. Abrazada. En amor.

Sólo una cosa hay. Es el olvido.

Borges y H.O.




 
Hanni Ossott
(1946-2002). Poeta venezolana.


Texto tomado del prefacio de la obra “El circo roto” de Hanni Ossott.


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